ALBERT MUNCUSI, ANTROPÓLOGO SOCIAL
DE LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA
«Multiculturalismo no es lo mismo que multiculturalidad»
El académico advierte de la falta de políticas
en inmigración en España. Critica las medidas de corte represivo
con respecto a la inmigración. Y expresa su preocupación
de que existan personas viviendo en una sociedad que no sean reconocidas
como tales por el Estado.
Por Juan Pablo Palladino y Lucio Latorre
Albert Moncusí Ferré, secretario del departamento
de Sociología y Antropología Social de la Universidad de
Valencia, arranca la entrevista con teína haciendo
una diferenciación clave: no es lo mismo multiculturalismo que
multiculturalidad. Esta última es «la mera presencia de multiplicidad
y diversidad cultural en una sociedad», explica; mientras que el
primero apunta más bien a «un tipo de orientación
política» que, a su entender, «debe ser es un modelo
que trata de dar acomodo a la diversidad cultural reconociéndola
de manera explícita y pública».
El Reino Unido, Holanda y Canadá son ejemplos de países
donde prima el modelo cultural y que, comenta Moncusí, «se
caracterizan por el hecho de permitir que se visualicen símbolos
sin que signifiquen conflictos».
Pero ¿las diferencias culturales radican sólo en cuestiones
objetivas, es decir, externas (ver El mito de la pureza cultural)?
«Generalmente se tiende a determinar la cultura como algo que tiene
que ver sólo con lo que se ve, con prácticas de algún
modo visibles y simbólicas», responde el antropólogo,
y aclara: «pero también tiene que ver con comportamientos
sociales y políticos».
Justamente por eso se cae en el error frecuente de pensar que el multiculturalismo
es una diversidad de grupos con prácticas absolutamente separadas.
En lugar de esto, explica Moncusí, se trata de «gente viviendo
junta que puede tener prácticas distintas pero que también
pueden tener prácticas que sean compartidas» dentro de la
misma sociedad. «Quieran o no, en muchos casos hay relaciones, y
esas relaciones hacen culturas también».
El caso español, inserto inevitablemente en un contexto mundial
de desplazamiento masivo de personas, evidencia por lo menos lo que el
antropólogo determina como multiculturalidad. La cuestión
está en preguntarse de qué manera aborda el fenómeno
el gobierno; es decir, si lo hace por medio de la implementación
de políticas multiculturales, o haciendo caso omiso (u oponiéndose)
al hecho de que confluyan en su territorio personas de orígenes
diversos.
Según Moncusí, España carece de un modelo político
para abordar el fenómeno. La inmigración y la consecuente
multiculturalidad, asociadas al favorable desarrollo socioeconómico
español de los últimos tiempos, son, a su juicio, encarados
de una manera paradójica: «No se ha dado una respuesta política
clara a eso (a la convivencia multicultural propiamente) pero tampoco
se ha dado una respuesta política clara respecto a la acomodación
de las propias personas como ciudadanos, entonces lo que se hace es jugar
a una situación ambigua».
La inexistencia de políticas en este aspecto queda reflejada en
la indiferencia vigente «por la participación de esas personas
como miembros activos de la sociedad», lo cual, al ni siquiera ser
aceptadas, condiciona de plano el planteo de «cómo acomodar
la diversidad cultural».
La falta de políticas, reemplazada por soluciones puntuales y por
vacíos de todo tipo, considera Moncusí, ataca directamente
a las posibilidades de integrarse de las personas en el juego social.
El Estado es quien debe facilitar a los individuos los instrumentos para
que se dé esta integración, idea que contrasta con la realidad
de que más de medio millón de sin papeles residan
en España.
El antropólogo desarrolla una noción base: «La sociedad
nace de que las personas vivan juntas, cuando se impide que las personas
vivan juntas y se les ponen obstáculos, etiquetándolas de
forma que, antes de que sean reconocidos como personas, sean identificadas
con otras cosas, y se las persigue institucionalmente; eso impide cualquier
tipo de integración».
REPRESIÓN ANTES QUE INTEGRACIÓN
España, en los últimos años, ha
empezado a desplegar un control migratorio de carácter represivo,
por medio de la expulsión y el drástico endurecimiento de
las leyes de extranjería.
Pero Moncusí aclara que las políticas migratorias tienen
dos caras: una de control de flujos y otra de integración. «Si
sólo te dedicas al control de los flujos –señala-
entonces no tienes política de inmigración, tienes políticas
represivas. Si te preocupas por las políticas de integración
estás pensando en las personas que llegan, y estás pensando
en tu sociedad como algo plural, y en todas las personas que están
viviendo en ella».
La mayoría de quienes emigran desde los países
pobres hacia los ricos lo hacen por motivos económicos. Los cuales,
muchas veces, son consecuencias de la implementación de políticas
alentadas desde esos últimos territorios que, a su vez, y como
si de una ironía se tratara, levantan barreras para frenar el éxodo
de aquellas personas.
Para el académico no sólo tal situación -verdadero
círculo vicioso- resulta «cínica», sino que,
además, tacha de irresponsable el hecho de que existan personas
a las que no se les reconozca el derecho de habitar en España aunque
ya lo estén haciendo: «Me preocupa que no haya políticas
que las involucren», expresa.
Una consigna que, como más adelante manifestó, naufraga
en el mar de la incoherencia frente a «un Estado que no tiende precisamente
a las políticas públicas sino a las privadas, que no respalda
proyectos de desarrollo y que además tiene políticas de
control de flujo y de control de mercancías muy cerradas».
Se trata de un reclamo imposible de asumir por parte del modelo político
que se está gestionando.
Su opinión es que «hay un miedo excesivo e irracional a la
inmigración» y que «a lo mejor el problema de fondo
sea el de la cultura política española, que no tengamos
una cultura política muy desarrollada, incluso tampoco una cultura
democrática, y por eso hoy no se está afrontando políticamente
esta situación como se debería».
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