Editorial
Por Lucio Latorre
lucioteina@yahoo.es
En tiempos como los actuales, en los que conceptos tan irresponsables como el de «choque de civilizaciones» y la desconfianza y hasta el rechazo -cuando no la hostilidad- hacia lo diferente (sean ya estas diferencias culturales, nacionales, étnicas o raciales) van en alza, el debate sobre las sociedades multiculturales se vuelve, ya no necesario, sino obligatorio.
Es el multiculturalismo un término polisémico que alberga diferentes interpretaciones y al que se le ha colgado un adjetivo, el de polémico, que parece estigmatizarlo. Aunque no es un tema nuevo ha sido relanzado en las sociedades occidentales más pujantes, sin duda como consecuencia de los fenómenos inmigratorios, que las tienen como principales destinatarios. El de los países miembros de la Unión Europea quizá sea el caso más evidente, a cuyas tierras, diariamente, desplazados del creciente Tercer Mundo intentan llegar -jugándose las más de las veces la vida en ello- y millones más aspiran con conseguirlo algún día.
Estos procesos migratorios tienen características bien definidas; por un lado están los Países Ricos que son doblemente protagonistas de estas situaciones: asisten, desesperados, a una inmigración en gran parte no deseada pero sin duda provocada en buena medida por las políticas destructivas e inhumanas que obligan a aplicar, bajo pretexto de colaboración, a los países menos desarrollados. Políticas que, es bien sabido, hunden cada vez más a Estados que, además de la histórica pérdida de sus bienes y riquezas, ahora tienen que sufrir el éxodo de sus propios habitantes, obligados a huir de situaciones desesperantes sin más aspiración que la de lograr, al fin, una vida aceptablemente digna. Se trata de una aspiración tan humana, tan básica, y que sin embargo no parece tener legitimidad ante cada vez más sectores de un Mundo Desarrollado que se esfuerza en reducir esta compleja realidad a un mero asunto de seguridad, consiguiendo así una inquietante y tendenciosa equiparación entre los términos inmigración y delincuencia.
Y entre todo ello, los inmigrantes -que son personas- quienes luego de no soportar más las crisis totales de sus propios países (que incluyen crisis sociales y financieras y hasta conflictos armados, siempre con el trasfondo económico como principal causante), deben cargar no sólo con el desarraigo, sino con la cada vez más demonizada etiqueta de inmigrantes, condición que, si rápidamente no se cambian las tendencias y se aborda el asunto de manera responsable y racional, puede llegar a condenar a quienes la reciben a una condición de vida inaceptable e incoherente con las prédicas de un Primer Mundo que incluso (y con mayor frecuencia) se permite hacer la guerra en pro de los Derechos Humanos, pero que a la hora de reconocer éstos a las personas que llegan a sus territorios se limitan a estigmatizarlos y a perseguirlos.
En el presente Dossier -así como en toda la revista- abordaremos el tema desde variadas y diferentes posturas, tratando, más que de dar respuestas definitivas y tajantes, plantear preguntas y estimular una discusión que entre todos debemos reclamar e incentivar.
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