Cultura Musical
Entrevista a Yayo Cáceres

 


Título: "Exterior"
Autor: Yayo Cáceres
Sello discográfico: Mateína

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Descarga MP3 "Nací en Corrientes", del disco Interior

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YAYO CACERES, MÚSICO Y ACTOR

«El chamamé es una militancia»

Acaba de grabar su tercer disco: Exterior. Vive en Madrid desde hace varios años, pero confiesa extrañar su país, Argentina, y su pueblo, Curuzú Cuatiá, en la provincia de Corrientes. En esta entrevista habla de su música, su infancia, sus recuerdos y de la gran tapadera en que se ha convertido el mundo.

Por Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

 

Yayo Cáceres se reconoce triste de tanto adiós, porque admite que vive partiendo. Pero sabe que cada partida es también un encuentro con otras personas, otras realidades, otros lugares. Por eso se adelanta y confiesa que cuando se vaya de Madrid lo invadirá la misma nostalgia que en otras idas. Pero la nostalgia, que advierte no confundir con la mera tristeza, no es algo malo para él, todo lo contrario. Y por ello sus temas están cargados de recuerdos, sobre todo de su infancia, que define como un lugar, y no una etapa, en Curuzú Cuatiá (voz guaraní), su pueblo en el nordeste argentino.

Dedicado a la música y al teatro (disciplinas que dice imposibles de separar), Exterior es su tercer trabajo además de Interior, el segundo, y Primer contacto. Mira con preocupación la tapadera que es el mundo y que, como un remanso (remolino) en un gran río, atrapa a las personas impidiéndoles «mirarse el corazón». Las distancias, afirma categóricamente como experto en la materia, enriquecen; ése es el sentido de los viajes. Aquí, el viaje que Yayo realizó por su vida con Teína:

Interior es tu segundo disco, realizado cuando aún vivías en Argentina, y Exterior, el actual, fue grabado también allí pero con vos ya viviendo en Madrid. ¿Están relacionados estos títulos con tu ubicación en el mundo, tu condición de emigrante?

En realidad Interior / Exterior nació como un juego de palabras más que otra cosa. Pero justamente yo creo que si hay una diferencia es que Interior era un disco con la visión de un tipo de provincia metido en Buenos Aires y Exterior es como una especie de retrospectiva, es como un viaje. Así como te vas a una ciudad y te dan un plano turístico, el disco me resulta una especie de guía que te va llevando desde las canciones que empecé a componer ya estando en Madrid hasta terminar con una versión de los años 50 de Pájaro Choui, bastante chata como con un sonido radiofónico. La idea era ésta, hacer una especie de viaje hacia atrás.

Tanto en la letra como en la música se evidencia una apertura en Exterior, un Yayo Cáceres que se abre en cuanto a temáticas, a realidades culturales diferentes...

Eso es lógico, sobre todo porque uno compone con lo que tiene que ver con su entorno, con su vida, con sus cosas. A partir de un viaje ya no sos el mismo que antes de viajar, cada vez me convenzo más de eso: si para algo sirven los viajes es para hacerte cambiar como ser humano; máxime siendo un tipo desterrado, que se fue de su provincia primero, de su país después. Creo que esas cosas te condicionan. Así como hay cosas que uno en su casa no hace y sí las hace fuera, hay cosas que uno fuera de su país hace con mucha mayor libertad, porque no siente su propio ojo y el del vecino mirándote. En ese sentido la libertad de expresión va creciendo, tomando otras formas. Y, a la vez, lo primigenio se vuelve mucho más importante: cuando estuve en Argentina me traje discos de (Mario del Tránsito) Cocomarola y de (Ernesto) Montiel, cosas antiquísimas. Es como una necesidad de volver a lo más primario.

Has grabado este disco con el violonchelista español Rodrigo Díaz. El violonchelo no es un instrumento típico del chamamé. ¿Qué matices notas que le aporta al estilo y, además, qué enriquecimiento musical se dio entre ustedes teniendo en cuenta que vienen de vertientes musicales diferentes?

Lo que me pareció más curioso con respecto a Rodrigo es que aprendió a tocar el chamamé en seguida y es como si lo hubiera tocado de toda la vida. Por otra parte, el violonchelo me parece uno de los instrumentos más interesantes que hay, un instrumento muy hondo, de una gama de sonidos importante. Además, se sabe que cuando las misiones jesuíticas llegaron a lo que hoy es Asunción del Paraguay, San Ignacio, etcétera, los jesuitas trajeron el acordeón y el violonchelo. Alrededor del chamamé se habla mucho y se joroba mucho con el tema de la tradición, y yo creo que ésta es una discusión absolutamente estúpida. Estos instrumentos son los primeros que pisaron las misiones y si bien el acordeón es la columna vertebral del chamamé yo no pienso ser una persona que se ate a esa especie de mandatos familiares.

Como en tu caso, existen chamameceros que viven fuera de Argentina, como Rudi y Nini Flores o el mismo Raúl Barboza. ¿Creés que este tipo de experiencias interculturales inciden en que el género evolucione a partir de distintas influencias?

La música evoluciona como género con la composición. El aporte verdadero y real es lo compositivo, tratar de investigar nuevos caminos. Cuando alguien toca chamamé y le agrega instrumentos eléctricos, a mí me parece genial; yo soy un gran defensor de Antonio Tarragó Ros en ese sentido, aunque sé que él pasará a la historia por María va o Canción para Carito... más que por haberle puesto una batería al chamamé: lo compositivo es fundamental. Y por supuesto que el estar fuera de tu país y de tu ciudad, el conocer otras cosas y otra gente, te aporta un bagaje cultural y un imaginario.

Estás ligado al teatro desde hace bastante tiempo, actuás, dirigís, has fundado una compañía en Madrid. ¿De qué manera coinciden música y teatro en tu vida y de qué manera se complementan estas actividades, cómo influye una en la otra?

Me acuerdo de una cosa que dije en un reportaje en mi pueblo: se puede hacer Shakespeare y tocar chamamé, sobre todo si uno entiende que Shakespeare es tan popular como el chamamé o viceversa. Todas las disciplinas en un punto se tocan: si ves una obra de teatro estás viendo una pintura, estás hablando de ritmo, el ritmo está a su vez en la pintura, es el elemento común de todas las formas del arte... en los discos hay una apuesta estética. Hay canciones mías que son casi un cuento, que despiertan la imaginación.... yo pienso que va todo junto, es imposible separar. La música del teatro es imposible de separar.

Te definís como chamamecero...

Yo no me defino como chamamecero.

Bien. Entonces tocas chamamé que es el estilo principal de tus discos. ¿Cómo se explica entonces que el tango esté también presente en ellos?

De una manera muy clara. Si yo tuviera 11 años y nunca hubiera salido de mi casa, seguramente mis hermanos serían lo único importante. Ahora, vine a Madrid y te conocí a vos, eso me abre una perspectiva afectiva. Con la música pasa lo mismo. El tango es uno de los grandes movimientos del mundo. Curiosamente es una música nueva, de finales de 1800, y el chamamé es de no sabemos cuántos años.

EL LUGAR DE LA INFANCIA

«Recuerdos, siempre recuerdos, soy algo triste de tanto adiós», es lo que cantas en el tema Soy. Hay una mirada cargada de nostalgia en tus temas, un constante recuerdo de la infancia, como en Ruta del alma donde mencionas al barrio como «fin y origen de las cosas».

El otro día compuse otra canción que se llama Soy un hombre feliz, y en una parte digo que si me gusta recordar, el recuerdo es abrigo para nuestra vejez, al final es lo que te va quedando. A mí no me parece mal ser un tipo nostálgico, en el buen sentido de la palabra; la melancolía no me parece un estado que necesariamente te tenga que detener en la tristeza. Si uno se regodea en la tristeza y hace el amor con ella todo el día probablemente esté equivocado. Ahora, a mí la nostalgia no me parece mala, sobre todo la nostalgia por los momentos, por la gente, por el abrazo... la infancia es uno de los lugares más importantes del ser humano; y digo lugar, no digo etapa, porque creo que es un lugar en el espíritu de cada persona. Y si bien soy algo triste de tanto adiós, porque vivo yéndome de todas partes, esto también implica vivir llegando a otras y elaborar nuevos vínculos y tirar raíces en otros lugares. El día que me vaya de Madrid sentiré la misma nostalgia que siento hoy por Buenos Aires, no me cabe la menor duda.

«Y tu abuela y la mía rezaban que no te marches...»

[risa] Eso lo escribió un primo mío...

...compusiste, incluso, un tema para tus tías abuelas. ¿Qué papel han desempeñado ellas en tu vida?

Mis tías abuelas son lo que se cuenta un poco en el poema. En Curuzú vivían tres de ellas en dos manzanas, con lo cual en todo el barrio siempre había una puerta para entrar y tomarse un café con leche o lo que hiciera falta, a cualquier hora del día. Los primos éramos una montonera que nos vivíamos juntando, hasta el día de hoy nos vemos. Ellas eran nietas de italianos, gente con
una costumbre muy de juntarse, y nunca sentí realmente que sus nietos fueran más importantes que yo. Había una sabiduría, una fortaleza, una forma de enfrentar la vida, un entender las cosas, y algo de juntar, de nuclear, que a mí me parece valiosísima. A mí la familia en el sentido de tradición, familia y propiedad, esa cosa fascista, me parece muy peligrosa; sin embargo, la familia, y no sólo como lazo sanguíneo... si yo te adopto a ti como hermano, el hecho de juntarnos y compartir me parece brutal, me parece que es lo que te salva como ser humano, porque de ahí nace la solidaridad, el compañerismo y esas cosas que están cada vez más olvidadas.

Curuzú Cuatiá, sus costumbres, están muy presentes en tu obra. Sin embargo partiste temprano de allí. ¿Se puede decir que «te mordió con demasiada furia» (frase empleada en uno de sus temas)?

[Risas] Bueno, sí, me mordió con bastante furia. Pero es algo que le pasa a todo el mundo con su pueblo. Durante muchos años tuve un doble sentimiento con Curuzú, porque me sentía incomprendido, me sentía raro, y sin embargo empecé a dar vuelta la tortilla, a volver, empecé a tocar ahí... Hay un momento clave en el '92 cuando con el Trío Laurel hicimos un concierto en la sala Cervantes y se llenó de gente, me quedé sorprendido. Además, había estado unos años enseñando tenis y hay toda una camada de gurises (niños en guaraní) que aprendieron conmigo y que todavía hoy los sigo viendo; es decir, hubo todo un reinicio de relaciones. En mi adolescencia yo había sido un tipo contestatario, tocacojones; era la época del gobierno militar, años difíciles, y habíamos formado una asociación con un par de amigos donde nos mojábamos. Algunas madres no querían que sus hijos se juntaran conmigo, decían que era comunista porque tocaba la guitarra y cantaba.

Pero como señalas en otro de tus temas, volver a casa es un viaje hacia un momento feliz. ¿Qué te encontrás en estos retornos y qué cambios notás que la distancia ha producido en tu persona?

[Pausa, momento de reflexión] ...es muy contradictorio lo que siento. Por un lado, unas ganas terribles de volver, pero por otro, cuando estoy ahí, que me lo paso muy bien, siento que no tengo que estar allí, que volver y quedarme sería dejar una posta que no hay que dejar, es como una cosa muy rara. A la vez volvés y decís cosas como «joder, cambiaron la plaza, con lo linda que era», y ahí te encuentra una nostalgia peligrosa, una nostalgia de querer mantener cosas que uno sabe que tienen que cambiar; como pretender que la habitación de mi casa tenga mi olor, pues ya no lo tiene.

LA PARTIDA

Tu partida de Argentina, residiendo en Buenos Aires, la gran capital, ¿tuvo que ver con la crisis que provocó este éxodo masivo de personas?

No necesariamente. Yo me vine de Buenos Aires contratado por Santiago Sánchez, director de la compañía de teatro Imprebís, si bien es cierto que mis dos últimos años fueron bastante jodidos, sobre todo a nivel económico. Fueron muy buenos a nivel artístico: gané la Estrella de Mar, había ejecutado toda una música de una película que después ganó el premio a la mejor banda sonora en el Festival de Brooklin... sin embargo no tenía ni para la polenta (harina de maíz, plato típico). Realmente me fui enojado de Argentina porque sentí que había una gran injusticia, y cuando hablo de injusticia no lo hago en relación a la justicia social, hablo de la justicia de que te importe el país a nivel cultural incluso: comprometerte con una música, con una manera de ser, con un lugar. El chamamé yo creo que es una militancia si se quiere. Y en ese sentido me sentía tremendamente maltratado y me fui bastante enojado; después se me pasó, un poco como con mi pueblo, pero creo que me mordió más fuerte y ferozmente Argentina que mi pueblo, como le sucedió a mucha gente...

«No es lo mismo desnudarse que bajarse el pantalón», como cantas en Yuyito.

Cada vez me convenzo más de eso [risas].

El mundo parece regirse por leyes mercantiles que tornan la vida en una especie de senda de meros logros económicos. ¿Pensás que ésta es una de las causas por las que los hombres «no tienen tiempo de mirarse el corazón» (frase de uno de sus temas)?

Sí, pero fundamentalmente el miedo. Hay algo que dice Cervantes en El Quijote que a mí me parece brutal: «El miedo es lo único que hace que pensemos que no podemos ser libres». Y El Quijote tiene como 400 años. Con todo el tema de los macropoderosos de los multimedios, de las cadenas de tiendas que hicieron desaparecer las tiendas de barrio... te quitan el poder de elegir. Hay un derecho que yo me reservo que es el de pensar lo que quiero y el de estar con quien quiero. La otra vuelta veníamos de viaje con Rodrigo y había un montón de gente almorzando, y yo le dije un chiste muy cínico: «Mirá la cantidad de cosas que hace la gente para creer que es feliz». Este mundo es como una gran tapadera: vienen las fiestas y hay que ir de compras a El Corte Inglés; hay que guardarse 600 euros para hacer regalos... ¿y por qué? Muchas veces entramos en una especie de espiral, como un gran remanso del Paraná (río del nordeste argentino), y si te dejás llevar no sabés donde terminás. El mundo se está volviendo implacable en eso. La prueba está en que se juntan dos millones de tipos para decir no a la guerra y la guerra se hace igual. Como ciudadanos deberíamos pensar una cantidad de cosas, y entre ellas a quién votar.

Uno de los fenómenos más importantes de esta época es el de las migraciones internacionales. Plegaria habla justamente de ello. ¿Qué opinión te merece el manejo que en los países desarrollados se le está dando al tema?

Es un manejo muy hijo de puta. La palabra sería pornográfico. Además, bien nos podemos quejar de que el vecino se venga a comer a nuestra casa si nosotros tenemos toda la comida y el vecino no tiene nada. Esto no se va a terminar pronto y no creo que vaya a tener un buen final si la cosa sigue así.

"Talladores de raíces" es un tema que compusiste luego de tu viaje a Guinea Ecuatorial, donde observaste que las costumbres en ese pueblo no eran muy diferentes a las de tu tierra. Todas las personas están hechas de la misma madera y, sin embargo, habitamos en un mundo que no se cansa de remarcar y resaltar las diferencias de todo tipo, sobre todo económicas.

Me acuerdo que hicimos un taller con los músicos de allí. Ellos cantaban en su idioma y yo canté una polca en guaraní, y era impresionante cómo hay algo que te une pero que es una raíz que está muy honda y muy atrás. Cuando uno va tan atrás... nosotros podemos entendernos con el idioma, pero si yo te acaricio sabés de qué estoy hablando. El amor es el amor, la vida es la vida y la muerte es la muerte para todo el mundo. Si hay algo hijo de puta en el mundo es que a determinada gente de determinadas regiones, por determinadas circunstancias se le está haciendo entender que su vida no vale nada, y entonces cuando tu vida no vale nada, la de los demás tampoco.