Entrevista a Fernando Aramburu
Por Rubén A. Arribas
¿Cómo afecta a tu escritura el
hecho de vivir en Alemania? ¿Cuál es el país de uno:
la ciudad donde lo alumbran, el barrio, la habitación donde escribe,
los amigos, la familia, la cultura con que es educado, el lenguaje...?
Tengo que decir que yo no vivo instalado en el mito cultural
de Alemania ni, por lo demás, en el de ningún otro sitio.
Jamás, desde el principio de mi residencia en el país, me
he sentido envuelto por una niebla de excepcionalidad. Desde hace largos
años me unen a Alemania mis hábitos cotidianos y para de
contar. Uno de dichos hábitos es el trabajo literario en soledad.
En lo que respecta a cuál es mi país, lo cierto es que no
les profeso apego a las pasiones colectivas. Llevo pasaporte por razones
prácticas. Soy poco propenso a la costumbre de catalogar a mis
congéneres por parcelas de tierra comprendidas entre fronteras.
¿Qué sientes cuando te lees traducido
al alemán? ¿Notas pérdidas o brillan aristas desconocidas?
¿Cómo ha sido recibida tu obra en Alemania por parte de
los lectores y de la crítica?
Digamos que entregué una vaca y me la devolvieron
convertida en un bloque de carne picada. Todo el proceso de edición
de Fuegos con limón en lengua alemana estuvo salpicado desde un
comienzo por los contratiempos y la mala suerte. Para empezar, falleció
el traductor inicial sin haber terminado la tarea, lo que afectó
de la manera que se deja imaginar a los plazos de publicación.
El siguiente traductor no se dignó consultarme sino a última
hora para dos o tres cuestiones de poca monta, y eso a pesar de que la
novela rebosa de vocablos inventados, de vasquismos, de citas literarias,
de alusiones veladas, etc. La cubierta elegida para el libro yo la tengo
por una de las más feas que se han exhibido en los escaparates
de las librerías. Se me intentó persuadir a que cambiase
el título de la obra. El libro apenas fue promocionado. Ni siquiera
se me invitó a dar una lectura. Los críticos alemanes me
reprocharon que no escribiera sobre ETA y juzgaron mi obra de acuerdo
con los tópicos sin los cuales no atinan a tasar la literatura
actual española. Al final el libro pasó sin pena ni gloria.
Los comentarios sobre tu obra apuntan dos constantes:
personajes modernos y argumentos de factura clásica. Por ejemplo,
en la reseña que hace la editorial alemana, Klett-Cota, sobre Fuegos
con limón, se habla de la historia dentro de la historia, como
Cervantes; la mirada irónica sobre la debilidad humana, como Quevedo;
las aventuras grotescas, como Valle–Inclán; la referencia
a la novela picaresca. ¿Por qué la crítica no logra
calzarte alguna referencia contemporánea? ¿Tus influencias
son únicamente los clásicos y por eso resuenan tanto en
tu lenguaje?
Me es grato constatar que algún crítico
ha caído (ya era hora) en la cuenta de que en parte de mi obra
narrativa se solapan registros literarios de distintas épocas,
entre ellos, por descontado, el del Siglo de Oro español. Ello
forma parte del juego y a mí me gusta mucho hacer probaturas con
el idioma. Y me gusta, de paso, entablar diálogos, a veces tácitos,
a veces explícitos, con el pasado de la literatura. De ahí,
por ejemplo, que introdujese un escrutinio de libros (de libros actuales,
claro está) en Fuegos con limón, o que le diera en este
mismo libro la vuelta al episodio cervantesco del vizcaíno, o que,
en homenaje a Canetti (para que se vea que no sólo tengo en cuenta
a los clásicos), dedicase en Los ojos vacíos un capítulo
entero a la descripción pormenorizada de los inquilinos de una
hospedería. Lo de la influencia de los clásicos lo sobrellevo
como un sambenito. Nada más lejos de mi propósito que asimilar
mi estilo al de las viejas glorias.
Tardaste ocho años en
terminar tu primera novela, Fuegos con limón. Según leí
en una entrevista concedida a Juan Martínez de la Rivas, esta novela
fue para aprender a escribir, valga la redundancia, una novela. ¿Cómo
te organizaste, literaria y extraliterariamente, durante un período
tan largo de gestación? ¿Cómo variaba en el transcurso
de esos años la imagen del lector para quien escribías?
No recuerdo haber prestado especial atención a
las cuestiones organizativas. En realidad, era todo muy sencillo. Mis
horas genuinas, las buenas, las que decidían si el empeño
diario había merecido o no la pena, giraban en torno a aquel laborioso
quehacer cuyo desenlace no empecé a vislumbrar sino al cabo de
largo tiempo. No me importaba. Mi afán era el viaje, no la llegada.
La idea de que el fajo creciente de cuartillas pudiera acabar un día
en manos de unos lectores desconocidos surgió tardíamente.
Fue entonces cuando determiné reducir el caudal desmesurado de
escritura y darle forma de novela.
En Fuegos con limón, al inicio, hay una
cita de Maurice Mäterlink que es una apología del localismo
y lo cotidiano, una invitación a la minuciosidad en describir el
entorno de uno. Dice Mäterlink: «Por pequeños que sean
los actores de estos dramas, tienen su peso y su importancia, pues sabemos
perfectamente que en el infinito, que a todos nos contiene, el tamaño
no tiene importancia, y lo que se desarrolla en el cielo obedece a las
mismas leyes que lo que ocurre en una gota de agua.» ¿Cómo
obtiene de su entorno un escritor el elixir mágico que permite
convertir un personaje de ficción en una gota de agua real?
De dos formas que se complementan. Una es mintiendo con
arte, esto es, usando los recursos disponibles del idioma para hacer creer
a los posibles lectores que entre aquello que expresan las palabras y
lo que ordinariamente entendemos por realidad no hay distancia ninguna.
La segunda consiste en sustentar dicho artificio en una u otra verdad
personal.
La muerte ocupa un lugar preferente y referencial
en Fuegos con limón y en El trompetista del Utopía; sin
embargo, lejos de provocar una escritura angustiante y tenebrosa, ésta
mantiene un tono irreverente, grotesco e irónico, bien por boca
del escatológico Pulcro Matallana —«La muerte es una
falacia»—, bien por parte de Benito Lacunza —«Déjese
de rollos macabeos, padre. El dolor, que yo sepa, tiene el mismo misterio
que una pata de pollo. El dolor duele y eso es todo»—. ¿Es
ésta una manera personal de afirmarse sobre la vida, pese a sus
dificultades, y de no cederle al dolor y la muerte más espacio
del necesario?
Ya me gustaría a mí disponer de un antídoto
contra la muerte y que además sus ingredientes fueran las palabras.
No creo que la literatura sea capaz de aportar al ser humano consuelos
que antes eran de la competencia exclusiva de la religión. Reconozco,
no obstante, que resulta sencillo alcanzar la eternidad por medio de las
palabras, siempre y cuando el candidato se conforme con eternidades de
limitada duración. Por lo demás, lo que opinen mis personajes
es cosa suya. Habría que preguntarles a ellos...
¿Cómo organizas tu trabajo literario
normalmente? ¿Cuántas horas diarias dedicas a escribir?
(No está de más recordar que en Fuegos con limón
algunos personajes tienen incluso consignas: cada día, Pulcro Matallana
lee no menos de 70 páginas, y Genaro Zaldúa escribe cuatro
páginas de prosa.)
Dispongo de cinco mañanas enteras, de lunes a
viernes, para consagrarme a la tarea de redacción propiamente dicha.
Todo lo referente a esquemas, bosquejos, documentación y demás
procuro despacharlo en otros momentos del día, puesto que son trámites
que no conducen derechamente al resultado final y además ocupan
tiempo. Hoy día, mi unidad creativa básica es el párrafo.
Quiere esto decir que escribo como quien pasa el arroyo saltando de piedra
en piedra: hasta no estar seguro de haber hecho pie no aventuro el paso
siguiente. Este procedimiento induce a la meticulosidad y alarga, en consecuencia,
el trabajo en el tiempo. Seguramente me viene de cuando era escritor de
versos. Los fines de semana los dedico enteramente a rumiar ocurrencias
para las próximas sesiones de trabajo.
Según el narrador en El trompetista del
Utopía, en el capítulo de Lalo y la solidez, Lalo suelda
estructuras de hierro en sus ratos libres por placer y es un buen escultor
aficionado; sin embargo, se refiere al acto creador de éste al
empezar una nueva obra como «planear la siguiente composición».
¿La obra de arte como fenómeno de la composición
de su autor? Es sólo un ejemplo y podría dar más.
Pese a contar una historia al uso clásico, la manera de narrar
tuya deja entrever al lector tus posicionamientos sobre cuestiones estéticas,
¿no?
Sí, es verdad. Pienso que los seres humanos somos
tan portadores de convicciones como de gustos, y que con frecuencia se
nos puede definir por las formas que vamos dejando al paso.
¿Cuáles son las fases principales
por las que atraviesa una idea embrionaria hasta que se convierte en una
novela? ¿Qué porcentaje de tu tiempo dedicas a la corrección
del texto?
No soy consciente de atenerme a fases. A mí me
bastan la voluntad y los días. Es cierto que me impongo unas condiciones
previas antes de abordar cada proyecto para que no me ocurra que, avanzada
la tarea, me percate de que el empeño no conduce a nada provechoso.
Estas condiciones son, primordialmente, dos: que la idea original contenga
un motivo generador de episodios y que haya al menos un problema, un conflicto,
sobre el que me urja expresarme. Corregir me gusta mucho. Yo creo que
es la parte del trabajo con la que más disfruto y por eso corrijo
bastante. Por eso y porque no me fío de mí mismo, claro
está.
En tu lenguaje pueden encontrarse construcciones
sintácticas que recuerdan a los clásicos, arcaísmos,
voces americanas, localismos... todo entrelazado y puesto en la boca de
personajes modernos. La parla de los personajes no es la de la calle,
sino una propia que tú elaboras para ellos. ¿El narrador
es en realidad un ventrílocuo? ¿Aramburu es también
un poco (o un mucho) todos los personajes a los que da voz?
Pues ahora que lo dices, el símil del ventrílocuo
me parece más apropiado que el del camaleón, que era el
que yo venía utilizando hasta ahora. Creo que cuando un escritor
da voz en un relato a un niño, éste debe expresarse como
es natural que lo hagan los niños. Y si consigna las reflexiones
de una mujer asustada, pongo por caso, todo el arsenal lingüístico
debe estar encaminado a que dichas reflexiones discurran con grado suficiente
de autenticidad. No en otra cosa consiste el arte del narrador: en embaucar
a los lectores haciéndoles creer que lo que tienen delante de los
ojos no es un texto, sino la realidad capaz de emocionarles. ¿Acaso
el buen ventrílocuo no logra persuadirnos de la humanidad de sus
muñecos?
En Fuegos con limón hay prosa, poesía,
diario íntimo, ensayo, artículo periodístico, obras
de teatro, panfletos, manifiestos, entrevistas... ¿Cómo
la definirías? ¿Cabe todo en la novela, como patrocinaran
Virginia Woolf o Julio Cortázar? ¿Es ésa la diferencia
con la poesía?
Sospecho que ha de resultar difícil entender Fuegos
con limón si no se tiene en cuenta que la novela consiste en el
descargo de conciencia, alimentado por un viejo rencor, que el narrador
lleva a cabo contra su pasado juvenil. Para lograr su anhelado resarcimiento
se vale de su peculiar dominio de la lengua española y de los conocimientos
literarios que alberga. Hilario Goicoechea emplea la lengua como instrumento
para consumar su venganza. En una novela, creo yo, no cabe todo. En una
novela sólo cabe una novela.
«Bueno, Nines, yo no es que sea torpe.
Yo es que, como me saques de lo mío, me quedo paralítico,
y que me perdonen los paralíticos. A mí ponme una trompeta
en el morro. Echando virutas me arranco unas melodías que se jiña
la perra. Ahora, mándame a buscar pantalones... ¡San Dios!
A lo mejor lo primero que hago es meterme en una pescadería. Yo
soy así. Para lo que valgo, valgo, y para lo que no julái
de las narices.», Benito Lacunza, El trompetista del Utopía.
¿Es el antihéroe una constante en tus personajes?
A mí, en literatura, la gente feliz no me interesa.
No me interesan los triunfadores ni los infalibles ni los que se salen
con la suya por su cara bonita. Mis narraciones reúnen por regla
general personajes sometidos a una convivencia conflictiva. No creo ser
por ello un autor exótico. Yo, como tantos otros, me inspiro en
la experiencia personal.
«A ellos lo único que les altera
el sueño es la proximidad del infortunio. Me consideran un hombre
caído en desgracia y temen el contagio.», dice Josu Ruiz.
«Saber que la noche albergaba un ser humano más débil
que yo despertó mi crueldad.», dice Hilario en otra parte,
también de Fuegos con limón. Cuando construyes el personaje,
al conferirle la humanidad que lo hace creíble, ¿usas lupa
de aumento para los rasgos mediocres, mezquinos, sórdidos, incluso
siniestros (como la relación de Hilario con su padre y la familia),
para llamar la atención del lector sobre algo en concreto? ¿Se
filtra por ahí una posible influencia de Elías Canetti o
Peter Sloterdjik y las relaciones del individuo con la masa?
No, esa manera de enfocar a mis semejantes no me la ha
enseñado nadie. De crío, en misa, como me aburría
a morir, mataba el tiempo fijándome en determinados detalles de
los feligreses que me rodeaban. A veces contaba calvas, a veces prestaba
atención a los perfiles. Me gustaban sobre todo la fealdad, las
postillas, los defectos. Sigo siendo aquel crío cabroncete. Me
interesa lo que hay detrás de las máscaras, el funcionamiento
interno de los individuos, su verdad más recóndita. Hasta
que no le parto a cada cual la cáscara y le extraigo la nuez, no
me quedo tranquilo.
Benito Lacunza, personaje central de El trompetista
del Utopía y Josu Ruiz, el carismático líder del
grupo La Placa en Fuegos con limón comparten un defecto físico:
la cojera. ¿Es un guiño, o una casualidad?
Mi padre también era cojo. Y yo, de niño,
asomado a la ventana de mi cuarto, muchas veces veía a mi padre
alejarse por la calle cojeando. Entre mí me decía: pobre.
Lo decía sinceramente. Y a continuación me quedaba pensando
en cómo sería vivir cada día con aquel saltito constante.
Luego he aprendido que todo el mundo es cojo. Si no del pie, de otra cosa.
Nadie está libre de su pequeño o gran drama.
Además de las novelas que has publicado,
de Los hermanos Karamazov y El proceso —según leí—,
¿qué otras novelas te hubiese gustado escribir?
Por descontado que me hubiese complacido escribir docenas
de obras que se les ocurrieron a otros. Pero entendámonos. No afirmo
que hubiera sido con gusto el autor de ellas, el dueño del nombre
con que se publican, el usufructuario de su justa fama. A mí lo
que de verdad me hubiera colmado de emoción es haber vivido en
primera línea el proceso completo de su creación. Habría
sido fantástico sostener en la propia mano la pluma que hizo salir
al campo a don Quijote o el bolígrafo que introdujo a Juan Preciado
en Comala.
«No hay más colectividad que la
del lenguaje que se dice a sí mismo, y al decirse nos reúne
a todos en un solo ser». Esta frase pertenece al párrafo
final de un artículo tuyo, El injusto olvido de Gabriel Celaya.
Según refieres, dicha reflexión aparece en el prefacio de
Orígenes, el libro de Celaya. Das a entender que la compartes,
¿podrías abundar un poco en ella?
No comparto del todo ésa y otras ideas de Celaya,
pero desde joven admiré que él fuera un hombre dotado de
un pensamiento poético pleno de coherencia. Esto me gustaba mucho
de Celaya, la circunstancia de que se esforzase en formular una teoría
de la relación del arte poética con los fenómenos
sociales de su tiempo y que además tuviese la valentía de
sacar conclusiones de índole estética. No importa si uno
está de acuerdo o no con todo ello. Lo bueno, a mi juicio, es que
Celaya nos legó ese pensamiento, bastante más vigente en
muchos de sus planteamientos de lo que algunos creen.
En una entrevista concedida por Antonio Gamoneda
a Babelia, suplemento literario de El País, se producía
el siguiente intercambio:
(P) ¿Cree que la poesía puede tener
alguna incidencia social?
(R) No. Las buenas intenciones —aquello de Gabriel Celaya de que
la poesía es un arma cargada de futuro— y los realismos que
se llenan de contenido moral y crítico no hacen nada. Curiosamente,
esa noción de que la poesía sirve para algo es una noción
fascista: José Antonio Primo de Rivera decía que a los pueblos
sólo los movían los poetas, y es mentira.
(P) Bueno, Hölderlin decía que lo
que permanece lo fundan los poetas.
(R) Es verdad, pero no lo que permanece en el sentido de reestructurar
un tejido social, sino en el de crear una tensión receptiva que
intensifica la conciencia.
Acá viene mi pregunta. A modo de juramento
hipocrático del escritor: ¿Qué papel debe, a tu juicio,
desempeñar el escritor contemporáneo dentro de la sociedad?
¿El activismo literario logra sensibilizar a quienes va dirigido?
Yo tengo en cuenta el hecho de que un escritor, aun cuando
nunca dejará de ser una conciencia individual que se expresa, interviene
en el idioma, que es de propiedad colectiva. Un escritor no puede resolver
nada en el plano político por la sencilla razón de que carece
de la potestad de tomar decisiones que repercutan en el funcionamiento
de la sociedad. Tampoco puede dictar castigos y ejecutarlos. Un escritor,
a lo sumo, puede subirse a un estrado y largar una arenga con más
brío que provecho. O, aún peor, dejar de escribir para meterse
a político. Su tarea sólo resulta útil a sus conciudadanos
si se ciñe al ámbito del idioma y de las creaciones de la
imaginación. Los frutos del escritor de mérito están
llamados a llenar de sentido el acervo cultural de la sociedad. Eso es
todo. Un escritor es algo así como el celador de la complejidad,
de los matices, de las puntualizaciones. Consiguientemente, un escritor
debe estar dispuesto a disentir, puede y acaso debe estar dispuesto a
desenmascarar las falacias del discurso oficial y a renovar las formas
de ver y entender los asuntos humanos. Lo que de ninguna manera le es
lícito es actuar contra su arte.
Escribes a menudo sobre el tema de ETA y el País
Vasco: ¿Ves factible el desenlace? ¿Un escritor puede aportar
a la resolución del conflicto aquello que un político, por
cuestiones de masa popular, no se atreve?
El desenlace, ¿de qué? ¿Del chorro
de acciones criminales en nombre de un proyecto utópico? La idea
de que una sociedad humana se encamina a una meta no ha parado de causar
infortunio, hoy aquí, ayer allá, desde finales del siglo
XVIII. Frente a esto, un escritor con dos dedos de frente acaso pueda
trasladar a sus lectores algo de inteligencia y sensatez.
En Fuegos con limón hay un capítulo
—espectacular— sobre el estereotipo que, debido a ETA y las
reivindicaciones nacionalistas, se formaron muchos españoles sobre
los vascos. En este mismo libro aprovechas para darle con un caño
a Ortega y Gasset —«Por un lado, esta revista [La Placa] nos
permite perseverar en el ser; por otro, desmentir aquella pijadita de
Ortega y Gasset, según la cual ser vasco comporta una renuncia
nativa a la expresión verbal, lo cual, amén de ser falso,
no es verdad.» ¿Qué representa para ti, donostiarra
y escritor de filiación clásica, la cultura vasca? ¿Qué es ser vasco para Fernando Aramburu?
A mí, cuando me da la vena sentimental, lo que
me tira de veras es el recuerdo de mi ciudad natal y no el agro vasco,
con el que ni me identifico ni me dejo de identificar. La gente de Vizcaya
y Álava me resulta, en líneas generales, ajena, cosa que
no puedo ni quiero decir de los navarros. Pío Baroja afirmaba sentirse
más guipuzcoano que donostiarra. A mí me sucede al revés.
En cambio, la cultura vasca me inspira una suerte de familiaridad. A mí,
un País Vasco concebido como proyecto cultural, con un fomento
razonable de la lengua vernácula, me merece una gran estima.
Luis Alberto de Cuenca, escritor y secretario
de cultura del actual gobierno, comentó hace tiempo a Sánchez
Dragó en el programa Negro sobre blanco que no escribía
prosa porque se sentía incapaz del «lenguaje de lo obvio».
Esta es una idea extendida entre quienes escriben poesía. «No
hay que olvidar que el poema es el punto de intersección entre
la ignorancia y el narcisismo. En todo tonto que se gusta palpita el corazón
de un lírico.», Genaro Zaldúa. Zaldúa, uno
de los personajes de Fuegos con limón, es prosista y no soporta
a los poetas. Valga entonces la siguiente pregunta en hipérbole:
¿Los poetas son narradores frustrados y los narradores, poetas
frustrados? ¿Hay alguna tierra de nadie por explorar, alguna alquimia
milagrosa que compendie lo que buscan los unos y los otros? ¿Existe
la prosa poética o, sencillamente, lo que hay que hacer es escribir
bien?
Ilusamente se tiende a equiparar la poesía con
la escritura de versos. Hoy por hoy, el cómputo de sílabas,
la distribución de acentos, la rima y demás zarandajas métricas
constituyen antiguallas de la expresión, remedo de lo que en épocas
pasadas resplandeció con una fuerza, autenticidad y sentido musical
que ahora, lo siento por quien se pique, sólo es capaz de dar la
prosa. Vamos a decir: cierta prosa. En cuanto a la afirmación del
poeta secretario, por una vez y sin que sirva de precedente suscribiré
un juicio de Genaro Zaldúa.
«Piensa que no hay equivocación
posible cuando hacemos las cosas por amor», Lalo Lacunza, el Hierros,
en El trompetista del Utopía. «La literatura es el territorio
de mi verdad», Genaro Zaldúa. ¿Qué busca Fernando
Aramburu con su escritura y con su literatura?
Pues nada del otro mundo: acabar con decencia la faena,
ponerle un par de flores al idioma y acaso dejar una pequeña huella
en la conciencia de un par de semejantes.
Por último, como le decía la Pauli
a su trompetista Benito Lacunza: «Te vi en el rincón con
tu coleta, tus gafas negras y tu rosa tatuada. Me pareciste un hombre
solitario. Todo el mundo pasaba de ti. ¿No te percataste? La gente
no te hacía ni puto caso. Y en medio del barullo tú soplabas
en tu trompeta con un convencimiento que partía el alma.»
¿Te sentiste alguna vez así, Fernando? ¿Éste
sería un buen consejo para quienes se dedican a la escritura: soplar
con convencimiento, buscar lo auténtico de uno?
Lo auténtico se me figura un valor fiable. Pues
aunque la naturaleza no haya querido dotarlo a uno de grandeza artística,
al menos sus descendientes no tendrán que avergonzarse de él.
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