Infancia General (Sobre la novela Campo General*)
por Valeria Iglesias
Campo General y otros relatos, João Guimarães
Rosa
Selección y prólogo de Valquiria Wey
2001, primera edición
Editorial Fondo de Cultura Económica – Colección Tierra
Firme
ISBN 968-16-6171-0
Campo General es la historia de una familia que vive en el Mutún,
una región aislada del Estado de Mina Gerais, Brasil. Desde la
perspectiva de uno de sus integrantes (Miguelín, ocho años)
se narra el día a día de un padre irascible, una madre descontenta
con el aislamiento, un tío Térez compinche, cuatro hermanos
menores –entre ellos el que le sigue en edad, Dito, su preferido–,
una abuela religioso-supersticiosa, empleadas y vaqueros que trabajan
con ellos, gatos, perros y un loro.
La frescura de esta mirada infantil deja traslucir un
complejo tejido de infidelidad y celos nunca puesto en palabras, siempre
insinuado y percibido en las acciones que Miguelín observa pero
no entiende. Algo sucede entre la madre, el padre y el tío Térez
(hermano del padre) que obliga a este último a dejar la casa para
evitar el fratricidio. Esta ausencia es la primera de muchas pérdidas
que deberá sufrir Miguelín. Tío Térez es alguien
muy importante para el niño, no sólo porque le ha enseñado
a cazar sinsontes y otro tipo de pájaros, sino también por
ser quien por primera vez lo lleva fuera del Mutún, a los siete
años, para ser confirmado por el obispo en el pueblo de Sucuriyú.
Hacia el final de la historia otro ocupará el lugar de Térez
–Luisaltino, un vaquero que trabajaba para la familia. Esta vez,
sin amenaza mediante, el padre lo mata y luego se quita la vida al colgarse
de un árbol. Mucho antes de este desenlace, otra muerte, la del
hermano preferido de Miguelín: Dito. Y un final con pinta de redención:
un médico que recorría los campos a caballo, aparece en
el Mutún y, al ver cómo Miguelín aprieta los ojos,
le presta sus gafas y se produce el milagro. No sólo le da al niño
la posibilidad de ver de otra manera, sino que además se compromete
a ser su tutor y llevarlo a la ciudad para que aprenda a leer y escribir.
Miguelín deja atrás su infancia al salir definitivamente
del Mutún.
A grandes rasgos, esto es lo que se desprende de una
primera lectura. Esta síntesis, accidentada y enrevesada, no es
suficiente para explicar de dónde surge la energía vital
que trasmite leer una novela como Campo General. Un segundo acercamiento
a la obra permite explorar otras líneas de interpretación.
Una de ellas es la de observar lo caótico que puede resultar el
mundo si se lo mira desde el punto de vista de un niño. Desenterrar
de la memoria las sensaciones de percibir la realidad sin la intermediación
del razonamiento lógico es lo que permite al lector identificarse
con Miguelín, un niño que intenta comprender lo que ya sabe,
acomodar los datos que ha ido acumulando a lo largo de su corta vida.
«Al comienzo de todo había un error –Miguelín
sabía, poco entendía.» Al mismo tiempo, esta identificación
permite destronar esa idea romántica de la infancia que enarbola
la inocencia, la falta de preocupaciones y el desconocimiento absoluto
de la maldad. Miguelín es un niño que espera ver algún
día cómo un armadillo escapa ileso de sus cazadores, pero
también siente deseos de crecer para matar a su padre. Esta ambivalencia
moviliza los sentimientos del niño sin plantearle contradicción
alguna, al tiempo que le permite transitar diferentes estados de ánimo
en forma errática. Así es como Miguelín puede pasar
de la angustia que le produce la muerte a observar maravillado como el
gato Sosueño duerme «el hueco del tiempo» sobre un
monte de maíz seco, en un rincón de la cocina.
Este tratamiento de la historia desde la perspectiva
de un niño no se queda en lo superficial del hilo narrativo. Guimarães
Rosa trabaja un registro infantil en las diferentes jerarquías
de la estructura lingüística. A nivel léxico, provee
a Miguelín de un vocabulario propio e inventa verbos como tirintinear
para el canto de los pájaros o berru-berrear para el sonido que
hacen los becerros. A nivel morfosintáctico explota el uso inesperado
de algunas concordancias verbales: «Creciera que creciese, nunca
podría estimar a aquéllos...», inventa frases verbales:
«Llega el tiempo en que, de una vez, gira a girar, de todo lo malo
pagamos las cuentas.», o fuerza el lenguaje para reflejar lo ilógico
de los razonamientos lógicos de un niño: «Miguelín
se detuvo, ya sentía el comienzo de una duda, entonces vio, sus
ojos viendo: no vio nada, sólo supo que la oscuridad era más
mala...» «Pero él estaba nervioso, le transparecía
que había algo, alguien, escondido por alguno, esperando que él
pasara...»
También en un plano estructural, la intermitente
y ocasional aparición de un narrador en primera persona del plural
(nosotros) no pasa de largo y propone un juego que abre la lectura a más
de una interpretación. El pronombre nosotros no tiene una referencia
unívoca ya que puede resultar de la suma yo+tú, yo+él,
o incluso, de la suma de yo+tú+él. Así, cabe preguntarse
si el narrador se desplaza a nosotros cuando asume el protagonismo junto
con Miguelín (él+yo) o si, yendo más lejos, intenta
universalizar la experiencia involucrando también al lector (él+yo+tú).
En el prólogo, Valquiria Wey se inclina por la primera opción
y la interpreta como una oscilación entre la neutralidad y la autobiografía.
Aunque ambas posibilidades coexistan como válidas,
la propuesta por Valquira Wey me abrió el campo para una tercera
lectura, una nueva mirada a partir de la cual encontrar paralelismos entre
Miguelín y un João Guimarães Rosa niño. Muchas
son las similitudes que surgen de una investigación extratextual:
ambos tienen muchos hermanos, ambos son miopes, ambos consideran a los
adultos como invasores y su mundo les resulta incomprensible. No hace
falta demasiado para sostener esta hipótesis, es de esperar que,
como buen escritor, Guimarães Rosa haya rescatado sus recuerdos
para recrear el mundo de Miguelín. Pero este previsible y hasta
lógico uso de la propia experiencia para la construcción
de una novela no es suficiente para explicar este curioso manejo de los
pronombres. Si nosotros es plural, se podría considerar un desdoblamiento
del autor en dos personajes (¿yo+yo?). El doctor José Lorenzo
de Curvelo, que hacia el final de la historia se hace responsable de la
alfabetización de Miguelín, surge también de la biografía
del autor, si se tiene en cuenta que fue su condición de médico
lo que llevó a Guimarães Rosa a recorrer Brasil y entrar
en contacto con los diferentes personajes (indios, mulatos, campesinos)
que luego poblaron sus historias. Este desdoblamiento del yo para recrearse
en adulto y niño al mismo tiempo, y así asumir las responsabilidades
del propio crecimiento, me pareció un símbolo vital de la
soledad con que el ser humano transita las diferentes etapas de la vida.
* Campo General es la primera novela de Corpo de Baile
(1956) y pertenece al volumen que hoy se llama Manuelzão e Miguilim.
En el año 2001, editorial Fondo de Cultura Económica la
publica en español junto con otras novelas y cuentos bajo el nombre
de Campo General y otros relatos, selección, prólogo y traducción
de Valquiria Wey.
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