Editorial
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Sólo café, solo

Las intransitadas normas de la RAE

 

 



La RAE a destiempo

Por Santiago Parres
sparres@hotmail.com

 

Cuando empezamos a idear esta revista, allá por mayo de 2002, tuve la feliz idea de proponer a mis compañeros cofundadores la aplicación de las nuevas normas de la RAE a todo texto que aquí viera la luz. Hubo un algo de extrañeza cuando informé de que llevábamos tres años sin la obligatoriedad, entre otras cosas, de acentuar ciertos pronombres si en la lectura no hay riesgo de confusión. Les convencí, no obstante, argumentando que siempre había deseado ser pionero en algo, y hasta la fecha no he sido reclamado para dar ninguna explicación; y si bien no ha llegado ninguna carta contrariada por la aplicación de estas normas, o indignada por creer que nos hemos saltado las reglas como pulga olímpica, creo que es tiempo de enmendar este error de haber querido ser pioneros adelantándonos a los prebostes de las letras: diarios nacionales o internacionales de habla hispana, editoriales más populares...; porque acaso nacimos para ser epígonos y para esperar el pistoletazo -o gatillazo- de salida, vista la evidencia de que incluso el laureado José Saramago vea en La caverna una falta de uniformidad al respecto; que es casi uniforme, pero no.

Puede uno ser anárquico en sus escritos íntimos, o en lo experimental, o en lo que vaya ser leído por quien esté en sintonía con el autor. Pero puestos a lanzarnos con una publicación periódica y de bastante aceptación, es mejor arrimarse a unas normas como las de la Real Academia Española (de la Lengua) que al albedrío de G. García Márquez y de su propuesta -que ya fue ideada siglos atrás- de jubilación ortográfica que convertiría cualquier lectura en una carrera de obstáculos. Preferimos atenernos a lo pactado, aun conociendo la infalibilidad de los miembros de la academia y de sus dictámenes: incluyeron el término «cederrón», que deriva de CD-ROM, o, como señala Álex Grijelmo en Defensa apasionada del idioma español , la entrada «magacín» impuesta por el uso de otros idiomas. Y sin embargo, «internet» no figuraba hasta enero de 2004, ni aparece el tan utilizado -aunque quizá no por los académicos- «pub» o, en su defecto, «pab».

Aun así, y sabiendo que el diccionario por antonomasia todavía no se ha podido desprender totalmente de su sexismo, pensamos alguna vez que era mejor andar por un sendero ya trazado, por cuyos desvíos temerarios nos amenazaban en la escuela con penalización o escarnio, pero este camino por el que nos quisieron guiar en 1999 desde la RAE, y que quizás enmienda errores anteriores, parece intransitado, y hasta quienes se supone suscribieron el cambio (novelistas, columnistas...) son remisos a aceptarlo del todo, tal vez porque llegó tarde o porque llegó mal, o porque obliga a reflexionar más de lo debido, o porque perdieron credibilidad o porque todos nacimos para epígonos y no para ser pioneros.