Diálogo con Martín López-Vega
Por Jesús Jiménez
jesusjdominguez@yahoo.es

En el prólogo del libro hablas de lugares y distancias, de la literatura como viaje. Bruce Chatwin, viajero y escritor, dividía a la humanidad en dos categorías antagónicas: nómadas y sedentarios. Ello también lo aplicaba a los escritores: los estables y los itinerantes. Según él, los hay que sólo funcionan a domicilio : con la silla adecuada, las estanterías llenas de diccionarios y enciclopedias, y el ordenador. Luego están los que, como Chatwin, quedan paralizados por el domicilio , sinónimo del famoso bloqueo del escritor, y que creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en otra parte. Da la sensación de que tú, tanto como lector como escritor, te hallarías en este último grupo, pues has viajado bastante. ¿Cómo te definirías en este sentido?
La humanidad puede dividirse de muchas maneras... Un humorista inglés decía que la humanidad se dividía en dos mitades: la de los que dividen la humanidad en dos mitades y la de los que no... Como escritor parece que he salido, no sé yo si viajero, pero sí bastante turista. Eso es reflejo de que, como ser humano, he salido muy viajero, todo lo que he podido. Por ir a lugares concretos, sí; hace años que voy, cada verano, unos días a Nueva York. Es una placentera necesidad. Y he disfrutado conociendo Praga, Helsinki o Santa Barbara... Pero me mueve, más que el deseo de llegar a un destino concreto, la necesidad de estar en tránsito. Esto es un tópico, ya lo sé, pero es cierto. ¡Qué le voy a hacer! Nunca vivimos como cuando estamos de viaje, con esa intensidad del que sabe que todo se acabará en unos días, en unas horas. Hay viajes que valen por una vida entera. Cuanto más viajo, más vidas siento que he vivido. Mi última vida ha sido de tres meses en Roma. Ha sido mi mejor reencarnación (tal vez podríamos decirlo así): he encontrado una ciudad que no conocía a pesar de haber estado antes allí un par de veces; la Roma de ciertos cafés del Trastevere, de los poetas dialectales, de los amigos que he hecho allí, una por encima de todos, una de esas personas que uno no podría pensar siquiera que existieran en el mundo. Ya nunca saldré de Roma, como en cierto modo he llegado hasta aquí sin salir de Estrasburgo, de Braga, de Düsseldorf... Tengo una buena colección de ciudades felices. Creo que he sido una persona afortunada. Mis libros hacen los viajes que yo he hecho y quiero llevar conmigo para siempre.
Todo buen viajero (y la mayoría de los artistas) es cosmopolita y no tiene más patria que sus zapatos. Yo creo que en Europa (sobre todo) existe un peligroso, aunque tímido todavía, auge de los nacionalismos. ¿Se cura viajando el nacionalismo?
Viajando no se curan los prejuicios, desafortunadamente. En Francia acaba de editarse el diario de vejez de Paul Morand, donde se confirma lo que ya sabíamos: que el patrón de los viajeros, el admirable autor de Venecias , era antisemita, homófobo, misógino, en fin, que no le faltaba nada. Quien tiene dentro el deseo de viajar, de conocer, no será nunca un tipo así. Pero Morand, me temo, como tantos otros, no viajaba; se llevaba en su baúl su mundo portátil. Es un caso muy curioso, y perdona que me extienda con el ejemplo, porque luego hace unas recomendaciones a los franceses que viajan muy llenas de ironía contra cierto chauvinismo muy francés. El auge de los nacionalismos, por cierto, no me parece nada tímido. Tampoco algo a reprimir: hay que tener en cuenta que, en muchos casos, se trata de la reacción natural de pueblos cuyos derechos fundamentales han sido reprimidos durante mucho tiempo. Otra cosa es que la reivindicación de unos derechos desemboque en todo lo contrario, en la negación de los del vecino. Por eso hay que estar vigilantes, y analizar cada caso de forma concreta, con el menor apasionamiento posible y el máximo de respeto por todo el mundo. Y acordarse, eso sí, de algo que dice Savater: que aunque todas las personas sean igual de respetables, no todas las opiniones lo son.
Muchos de los poemas que aparecen en el libro los has traducido directamente de otras traducciones. ¿No temes que algunos poemas hayan quedado desvirtuados después de sucesivas traducciones?
La verdad es que no me preocupa tanto la fidelidad al original como que el resultado sea un buen poema. No sé lo fieles que son las traducciones del chino de Kenneth Rexroth, pero difieren bastante de otras que presumen de ser las más fieles. Sin embargo, en las de Rexroth son poemas magníficos lo que en otras versiones son sólo vaguedades. Del resultado son responsables, a partes casi iguales, el autor y el traductor. Yo sólo intento hacer mi parte lo mejor posible.
Leopoldo Mª Panero, en las traducciones que ha realizado, no se ha conformado en trasladar simplemente una lengua a otra, sino que ha reivindicado la per-versión, es decir, que parte de una lectura para construir un texto nuevo que ha de quedar bajo su signo. En tu caso, ¿perseguías un fin parecido? ¿No crees que todo traductor, al fin y al cabo, incorpora algo de sí mismo (experiencias, perspectiva vital) al texto que traduce?
Al escoger un poema para traducirlo ya estás haciendo eso. Lo escoges porque podría ser un poema tuyo, o te gustaría que lo fuera; habla de ti. No sé dónde está la frontera entre la traducción y un vago haberse inspirado. Todos los poemas tienen algo que ver con otros poemas, lo quiera el autor o no lo quiera. Cuando ese algo es demasiado, conviene ser honestos y citar el original...
En el apartado dedicado a los poetas japoneses aparece un poema atribuido a Marichiko, que en realidad no es sino una invención del poeta estadounidense Kenneth Rexroth. En este juego de máscaras en el que a veces se convierte la ficción, ¿te has sentido tentado en algún momento de la realización de esta antología a inventarte un alter ego, como Rexroth hace con Marichiko?
Sólo contestaré a esta pregunta en presencia de mi abogado. Si le dicen que Fan Yue no está en ninguna antología de poesía china, o que algunos poemas indios tampoco le suenan a algún experto, no les haga caso. Yo, por lo menos, pienso negarlo todo.
Claude Roy, que también aparece en esta antología, dice que «antes de ser un placer, el arte es una artimaña de guerra... contra la muerte». ¿Es la poesía la coartada perfecta para esa clase de muerte en vida que es el aburrimiento y la apatía? ¿Qué utilidades encuentras en la poesía de estos pretendidos malos tiempos para la lírica?
Me parece bastante exacto lo que dijo Heidegger acerca de la creación poética. «El escribir poesía -dice él en Existencia y ser -, es alegría, es serenificación, porque el acto de escribir es un regreso a casa. Escribir poesía significa existir en esa alegría». Yo escribo para llevar conmigo las alegrías, las felicidades que no quiero dejar atrás. Al escribir, y también al leer, vuelvo a mis casas: a los momentos en que fui feliz. Recreándolos, echándolos de menos, pensándolos. La poesía es mi caparazón de caracol.
Si atendemos a que todo lenguaje es un sistema de citas, como decía Borges, ¿todo poema es un poema sobre otro poema? ¿No está todo dicho ya en poesía? ¿Queda algo nuevo por decir?
Queda todo por decir. Todo se ha dicho ya de mil maneras; digámoslo de otras mil. Borges, ya que lo citas, se quejaba en un poema de que no le servía de nada que Cristo hubiese sufrido por él, si él seguía sufriendo igual. Lo mismo con la poesía: sí, Catulo amaba a Lesbia, pero yo amo a otra. Me sirven los poemas de Catulo como consuelo, pero mi experiencia amorosa es distinta a la suya o a la de Abu Nowas. Yo por lo menos siento que nada está dicho aún.
Sabemos que el ritmo y la rima eran, en el origen, procedimientos mnemónicos. ¿No será esa finalmente la finalidad de la poesía: rescatar al hombre de su propio olvido?
Al hombre, de su propio olvido, no lo salva ni dios... La poesía, a mí por lo menos, como lector y como autor, me sirve aquí, y ahora. Me ayuda a ir entendiéndome. No creo que vaya a acertar tanto como para perdurar. Que lo hace, pues estupendo; porque habré hecho un poco eternas cosas que me han hecho feliz. ¿Que no? Como ya no estaré para verlo...
Algunos autores, como Bryce Echenique, declaran que escriben para que les quieran más. Un lector, ¿para qué, por qué crees que lee? ¿Qué buscas y qué encuentras tú en un libro cuando lees?
Cuando leo, en un libro me busco a mí mismo. Busco mis intereses y mis preocupaciones, las cosas que amo y las que me mantienen alerta.
Jacques Derrida ha escrito que «un poema corre el riesgo siempre de no tener sentido, y no sería nada sin ese riesgo». ¿Es ese riesgo el que ha llevado a la poesía a un gueto en la sociedad actual, al contrario de lo que ocurrió en otras sociedades históricas?
La poesía tal vez tenga menos prestigio que en otras épocas, pero no menos lectores. Y, desde luego, si no tiene más, no es porque lo que se escribe no tenga sentido (eso ocurre ahora en Francia, donde sí parece que las ventas de autores actuales son ridículas). Si de algo peca la última poesía española es de exceso de sentido común. Es una poesía perfectamente legible incluso por quien nunca ha leído poesía. Incluso ha tenido sus best-sellers: José Hierro, García Montero. Pero muchos lectores siguen en aquello de «no lo voy a entender» sin intentarlo realmente. Se sorprenderían de lo bien que se entiende la poesía española contemporánea.
Se habla en estos tiempos de la desaparición en el futuro del libro como objeto que ahora conocemos (con sus páginas, sus solapas, su portada...). ¿Crees que el ciberlibro congeniará bien con la poesía? ¿Cuál es tu postura e inquietudes al respecto?
No creo que el libro vaya a desaparecer, y si lo hace será porque habrá aparecido algo mejor. Nada que temer, pues. Los soportes que de momento han aparecido como pretendidos sucesores no parecen serlo realmente. Pero no hay que cerrar las puertas a nada...
Hay catedráticos que se empeñan en sus clases en diseccionar los poemas como si fueran tejidos muertos. ¿Crees, como ellos, que todo poema tiene un sentido unívoco, o piensas por el contrario que un poema es a la vez muchos poemas, tantos como lectores se acerquen a él?
Un poema puede leerse de muchas maneras, pero no de cualquier manera. Cada lector aporta su experiencia personal, pero hay algo que el autor quería decir. La lectura proporciona un punto intermedio. Por mucho que se empeñe un lector, el Cántico espiritual no habla de un partido de fútbol ni de los bigotes de Fumanchú.
¿Dónde te posicionarías en lo que se refiere a la polémica entre críticos de nuestro país en lo que se ha dado en llamar poesía de la experiencia ? ¿No crees que se intenta por parte de la crítica canonizar ciertas tendencias en detrimento de otras? Al fin y al cabo, toda poesía parte de una experiencia, sea ésta del tipo que sea, ¿no?
Desde luego que cualquier poesía es de la experiencia. Y no me parece que haya un intento de canonizar nada. No había un grupo que se hacía llamar Poetas de la experiencia y los críticos les han dado por vencedores, sino que ha habido cierto consenso en aplicar esa etiqueta a los poetas más sobresalientes de cierto período. Eso ha pasado siempre. Pero es algo que debe hacerse dentro de mucho más tiempo. Mientras tanto, hablemos de autores concretos. Los críticos que me interesan hablan de poetas con nombre y apellidos, no de tendencias. Me interesan los poetas por separado, no por lo que tienen en común. Y todo ese rollo de la poesía de la experiencia para aquí, la poesía de la experiencia para allá, me parece el coñazo de la década. Y perdón por lo de década.
¿Cómo publicaste en Acuarela libros? ¿Qué te parecen como editores?
Es una larga historia... En 1996 yo estaba viviendo en Portugal, y desde allí enviaba unas crónicas semanales al periódico de Sevilla El Correo de Andalucía , que luego reuní en un libro llamado Cartas portuguesas. En esas crónicas, que tenían algo de diario, hablaba de un libro de traducciones variadas que estaba preparando entonces y que en principio iba a publicar en una editorial asturiana de la que Xuan Bello era editor literario. Xuan dejó la editorial y sus proyectos quedaban estancados a la vez que Jesús Llorente, que había leído Cartas portuguesas, me hablaba de una editorial que estaba montando con Abel H. Pozuelo y Amador Fernández-Savater y me preguntaba por el libro de traducciones del que le hablaba. Hablamos más y más, les envié el original, lo corregimos entre todos (recuerdo las oportunísimas sugerencias de Abel) y el libro salió... Estoy muy contento de haber publicado en Acuarela .

|