El filo de la navaja

Por Santiago Parres

Tenemos la suerte de haber nacido en una sociedad occidental, con su cultura gregaria, su larga tradición cristiana. Podemos sentirnos afortunados por haber crecido con estas ideas evolucionadas a lo largo de los siglos. Desde pequeños hemos aprendido lo saludable que es la competición: ser más rápidos, más fuertes, más elegantes, más poderosos, más cáusticos, más inteligentes. Sabemos que, antes que buscar el amor, hay que saber competir y, por encima de todo, ser capaces de ganar. Para el perdedor siempre existen unas palabras de consuelo, algún refrán, alguna cita. Debemos desconfiar de todo aquél que nos pueda superar en algún campo, hay que alabar al primero de la promoción, al medalla de oro, pero debemos envidiar al dueño del coche más caro y brillante, denostar al artista que obtenga el reconocimiento sin haber recurrido a las truculencias. Hay que amar sin medida al ídolo musical que conocemos a través de las emisoras. Debemos obrar con caridad hacia la gente a la que no vamos a tener nunca cerca y nunca vamos a oler, pero esquivar al indigente de aliento o mirada sospechosa. Es nuestra cultura, son nuestros hábitos milenarios que hacen válido rendir culto a la medalla y al exhibicionismo, y despreciar el individualismo y la insumisión. Bajo estos preceptos nos movemos, y todavía nos parece extraño que entre la población surja una suerte de pandemia de ansiedad o de estrés.

Nuestra sociedad occidental nos obliga al gregarismo y a la superación por encima del prójimo, para ser partes del mismo engranaje que nos va a mover y asegurar nuestra subsistencia y perpetuación a través de las sucesivas generaciones. Cuando una de estas piezas decide dejar de serlo, lo miramos con desdén, con inquietud, con cierto temor incluso. Es el caso de Larry Darrell, uno de los protagonistas principales de El filo de la navaja (The Razor's Edge), la novela más afamada de William Somerset Maugham (París, 1874-Saint-Jean-Cap-Ferrat, 1965) .

El joven Darrell, tras haber combatido en la guerra, regresa al lado de Isabel, su prometida, que lo espera con el anhelo de un pronto matrimonio. Lejos de sentirse triunfante, en Larry se ha evidenciado un cambio de hábitos y cierto desapego por las costumbres y necesidades propias de su sociedad, ha vuelto convertido en un lector compulsivo y en un hombre más introspectivo que sociable. A Isabel le resulta difícil concienciarse de que debe renunciar a Larry para permitirle su búsqueda de otros valores distintos a los que su educación les ha inculcado, en otros países, con otras culturas. Larry necesita un distanciamiento de esta sociedad competitiva y donde se siente supeditado a unos ordenamientos en función de la clase, del rango, de los contactos e influencia, del dinero, de la fama, del poder adquisitivo, de cualquier escala de poder.

Tras este título engañoso, Maugham nos cuenta en primera persona cómo este personaje desaparece de su entorno, cómo la sociedad burguesa vive la posguerra y también la caída mundial de las bolsas, lo que sucede con algunos personajes cuando ven toda su ambición echada a perder a causa de su ruina monetaria, su mayor valor o preocupación. Durante la ausencia de Larry, son otros los personajes que dirigen el rumbo de este relato y continúan viviendo en sus tradiciones, en sus familias pudientes pese al batacazo económico. Son seres que viven para perpetuarse y para dar fiestas o asistir a ellas, para hacer contactos que les lleven a la superación personal, quizá a la escalada en la pirámide social, aparentando, siendo más elegantes en sus protocolos y atuendos que en su manera de pensar.

Maugham hilaba fino en sus descripciones, y su narración está repleta de apuntes certeros surgidos de la observación; sabía retratar tanto la bondad como el esnobismo, también la maldad, surgida en ocasiones en el corazón más candoroso en apariencia, las contradicciones del género humano y la necesidad de amor o simplemente de éxito. El autor, médico antes que escritor, espía del lado de los británicos, también era capaz de verosímiles diálogos, y si algo se encontraba prescindible sería acaso las alusiones al lector desde la primera página de la novela, quizá acorde al estilo de la narrativa de la época y con el firme propósito de hacernos saber desde la primera página que Larry Darrell era un personaje real, y que al margen de la novela era posible seguirle la pista.

La censura, al menos en España, consiguió que la novela quedara mutilada en la descripción y andanzas de Elliot durante varias ediciones, por haber cometido el crimen de ser homosexual; este hecho se nos revela, sin embargo, en la primera secuencia de la película (de Edmund Goulding, 1946), con una hábil maniobra del guionista (Lamar Trotti), y sin necesidad de ningún comentario más explícito. En esta primera adaptación cinematográfica, si bien los decorados durante la estancia de Larry en la India no contribuyen a la verosimilitud, y acaso rompen con la cuidada estética de la sociedad burguesa, de los personajes y sus mansiones, son compensados por un eficaz tándem guión-dirección y unos correctísimos y muy apuestos Gene Tierney y Tyrone Power, así como por las intervenciones de Anne Baxter, breves pero suficientes para hacerla merecedora de un Oscar y un Globo de Oro a la mejor actriz secundaria, hoy llamado de reparto.

En cambio, puede resultar tan inverosímil en el libro como  en la película un pasaje en el que Larry, el intrigante joven que se niega incluso a desvelar su lugar de alojamiento al reaparecer de su larga ausencia, parece actuar más en virtud de un poder mágico o esotérico que con la serenidad aprendida en las tierras de Buda, espiritualidad oriental que interesó al autor hasta el punto de inducirle a idear una historia alrededor de un personaje como el de Lawrence Darrell.

Con todo, Maugham sabía cómo escribir novelas y entrar con habilidad en lo más profundo de los personajes, aunque es suya la cita «hay tres reglas para escribir una novela. Desgraciadamente, nadie sabe cuáles son».