Campo General
Por Valeria Iglesias
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Campo General es la historia de una familia que vive en el Mutún, una región aislada del Estado de Mina Gerais, Brasil. Desde la perspectiva de uno de sus integrantes (Miguelín, ocho años) se narra el día a día de un padre irascible, una madre descontenta con el aislamiento, un tío Térez compinche, cuatro hermanos menores –entre ellos el que le sigue en edad, Dito, su preferido–, una abuela religioso-supersticiosa, empleadas y vaqueros que trabajan con ellos, gatos, perros y un loro.
La frescura de esta mirada infantil deja traslucir un complejo tejido de infidelidad y celos nunca puesto en palabras, siempre insinuado y percibido en las acciones que Miguelín observa pero no entiende. Algo sucede entre la madre, el padre y el tío Térez (hermano del padre) que obliga a este último a dejar la casa para evitar el fratricidio. Esta ausencia es la primera de muchas pérdidas que deberá sufrir Miguelín. Tío Térez es alguien muy importante para el niño, no sólo porque le ha enseñado a cazar sinsontes y otro tipo de pájaros, sino también por ser quien por primera vez lo lleva fuera del Mutún, a los siete años, para ser confirmado por el obispo en el pueblo de Sucuriyú. Hacia el final de la historia otro ocupará el lugar de Térez –Luisaltino, un vaquero que trabajaba para la familia. Esta vez, sin amenaza mediante, el padre lo mata y luego se quita la vida al colgarse de un árbol. Mucho antes de este desenlace, otra muerte, la del hermano preferido de Miguelín: Dito. Y un final con pinta de redención: un médico que recorría los campos a caballo, aparece en el Mutún y, al ver cómo Miguelín aprieta los ojos, le presta sus gafas y se produce el milagro. No sólo le da al niño la posibilidad de ver de otra manera, sino que además se compromete a ser su tutor y llevarlo a la ciudad para que aprenda a leer y escribir. Miguelín deja atrás su infancia al salir definitivamente del Mutún.
A grandes rasgos, esto es lo que se desprende de una primera lectura. Esta síntesis, accidentada y enrevesada, no es suficiente para explicar de dónde surge la energía vital que trasmite leer una novela como Campo General. Un segundo acercamiento a la obra permite explorar otras líneas de interpretación. Una de ellas es la de observar lo caótico que puede resultar el mundo si se lo mira desde el punto de vista de un niño. Desenterrar de la memoria las sensaciones de percibir la realidad sin la intermediación del razonamiento lógico es lo que permite al lector identificarse con Miguelín, un niño que intenta comprender lo que ya sabe, acomodar los datos que ha ido acumulando a lo largo de su corta vida. «Al comienzo de todo había un error –Miguelín sabía, poco entendía.» Al mismo tiempo, esta identificación permite destronar esa idea romántica de la infancia que enarbola la inocencia, la falta de preocupaciones y el desconocimiento absoluto de la maldad. Miguelín es un niño que espera ver algún día cómo un armadillo escapa ileso de sus cazadores, pero también siente deseos de crecer para matar a su padre. Esta ambivalencia moviliza los sentimientos del niño sin plantearle contradicción alguna, al tiempo que le permite transitar diferentes estados de ánimo en forma errática. Así es como Miguelín puede pasar de la angustia que le produce la muerte a observar maravillado como el gato Sosueño duerme «el hueco del tiempo» sobre un monte de maíz seco, en un rincón de la cocina.
Este tratamiento de la historia desde la perspectiva de un niño no se queda en lo superficial del hilo narrativo. Guimarães Rosa trabaja un registro infantil en las diferentes jerarquías de la estructura lingüística. A nivel léxico, provee a Miguelín de un vocabulario propio e inventa verbos como tirintinear para el canto de los pájaros o berru-berrear para el sonido que hacen los becerros. A nivel morfosintáctico explota el uso inesperado de algunas correlaciones verbales: «Creciera que creciese, nunca podría estimar a aquéllos...», inventa frases verbales: «Llega el tiempo en que, de una vez, gira a girar, de todo lo malo pagamos las cuentas.», o fuerza el lenguaje para reflejar lo ilógico de los razonamientos lógicos de un niño: «Miguelín se detuvo, ya sentía el comienzo de una duda, entonces vio, sus ojos viendo: no vio nada, sólo supo que la oscuridad era más mala...» «Pero él estaba nervioso, le transparecía que había algo, alguien, escondido por alguno, esperando que él pasara...»
También en un plano estructural, la intermitente y ocasional aparición de un narrador en primera persona del plural (nosotros) no pasa de largo y propone un juego que abre la lectura a más de una interpretación. El pronombre nosotros no tiene una referencia unívoca ya que puede resultar de la suma yo+tú, yo+él, o incluso, de la suma de yo+tú+él. Así, cabe preguntarse si el narrador se desplaza a nosotros cuando asume el protagonismo junto con Miguelín (él+yo) o si, yendo más lejos, intenta universalizar la experiencia involucrando también al lector (él+yo+tú). En el prólogo, Valquiria Wey se inclina por la primera opción y la interpreta como una oscilación entre la neutralidad y la autobiografía.
Aunque ambas posibilidades coexistan como válidas, la propuesta por Valquira Wey me abrió el campo para una tercera lectura, una nueva mirada a partir de la cual encontrar paralelismos entre Miguelín y un João Guimarães Rosa niño. Muchas son las similitudes que surgen de una investigación extratextual: ambos tienen muchos hermanos, ambos son miopes, ambos consideran a los adultos como invasores y su mundo les resulta incomprensible. No hace falta demasiado para sostener esta hipótesis, es de esperar que, como buen escritor, Guimarães Rosa haya rescatado sus recuerdos para recrear el mundo de Miguelín. Pero este previsible y hasta lógico uso de la propia experiencia para la construcción de una novela no es suficiente para explicar este curioso manejo de los pronombres. Si nosotros es plural, se podría considerar un desdoblamiento del autor en dos personajes (¿yo+yo?). El doctor José Lorenzo de Curvelo, que hacia el final de la historia se hace responsable de la alfabetización de Miguelín, surge también de la biografía del autor, si se tiene en cuenta que fue su condición de médico lo que llevó a Guimarães Rosa a recorrer Brasil y entrar en contacto con los diferentes personajes (indios, mulatos, campesinos) que luego poblaron sus historias. Este desdoblamiento del yo para recrearse en adulto y niño al mismo tiempo, y así asumir las responsabilidades del propio crecimiento, me pareció un símbolo vital de la soledad con que el ser humano transita las diferentes etapas de la vida.
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