La telebasura como anulación de la ironía
y el humor en la TV
Por Santiago Parres
Parece que el concepto telebasura ya suena a eufemismo,
como si la involución de la televisión en los últimos
tiempos nos obligara a hablar incluso de algo menos provechoso que el
desecho orgánico. Los noticiarios, con un talante subjetivista,
presentan en portada lo más sangriento de la jornada; la publicidad
es protagonista de las emisiones; los programas son de bajo presupuesto
y mala calidad, plagados de discusiones bizantinas e invitados sin el
menor interés público o cultural, y el humor es mera sombra
de lo que fue.
Las emisoras, enfrentadas por el poder de la audiencia,
luchan con avasallamientos de sus patrocinadores, programas basados
en el exceso y la grandilocuencia, en abigarramiento y grito. Las medidas
disciplinarias ideadas para paliar la contraprogramación y otros
desmanes, que nos hicieron albergar a los sufridos espectadores alguna
esperanza de que algo podría mejorar la televisión privada
y pública, quedaron en el olvido, y no consiguieron más
que la derivación hacia un cambio de estrategia, consistente
en abaratar los costes de los programas emitidos. Para tal reducción
de gastos y control de audiencia no se encontró mejor vía
que el recurso del directo y la intervención gratuita o a bajo
coste de los invitados a los programas, la reemisión hasta el
hartazgo de películas no necesariamente de buena factura, e incluso
la emisión en directo de programas sin guión elaborado
ni, a priori, contenido de interés. Queda en manos de los invitados,
de mayor o menor calado entre el público, con más o menos
tablas (o ningunas), la forma de enfrentarse a una improvisación
y a un grupo de cámaras; algunos de éstos, creyéndose
tocados por la divinidad y con la cámara para su solaz, convierten
todo lo que fue alguna vez retórica o ironía, derivada
de cierta inteligencia o sagacidad, en una parodia de lo que fue el
humor ideado para llegar a todos los hogares.
Es razonable por parte del televidente aguardar una
explicación a este desaguisado: ¿de verdad nos merecemos
esta TV que nos sitúa, al menos en un sentido audiovisual, en
el tercer mundo? ¿Dónde han ido a parar las ideas innovadoras,
el entretenimiento con cierto toque de talento, los guionistas con un
sentido autocrítico del trabajo, los programadores sensatos?
Escudados en la idea de que la audiencia sigue con interés la
programación porque responde a su demanda, cuando la realidad
es bien contraria, se nos inserta un circo romano donde el hombre contra
la fiera es ahora el hombre contra sí mismo, la sangre puede
ser una lágrima o el descrédito, los vencidos no lo son
tanto, ya que toda humillación pública y escarnio puede
desvanecerse con un abanico de billetes terminado el espectáculo
en la arena.
Gracias a Platón sabemos de la hábil
ironía que Sócrates utilizaba con sus interlocutores,
en un juego retórico que hoy se ha convertido, tanto en la política
como en el humor, en un discurso huero o en una mordacidad cada vez
más lejana de lo que antaño se consideraron valores humanos.
Asistimos atónitos a una regresión del buen gusto y de
la educación, marchamos a pasos agigantados hacia la formación
de un estercolero colosal donde cada uno puede verter su concepto de
humor e ironía, donde ya hemos llegado a conocer una TV de ínfima
calidad que ha perdido la capacidad de destacar por contenidos que estimulen
la inteligencia, o al menos contribuyan a mantenerla en un nivel aceptable,
siendo más cercano a la adormidera, como un nuevo opio popular,
lo que nos ofrecen las cadenas de TV e incluso nos han enseñado
a acoger con entusiasmo, por encima del «más de lo mismo» de la competencia.
Ante tal necesidad de justificarse, se ha llegado a
pensar que mostrando unos presentadores o colaboradores maquinales y
falsos en su diversión, el público alcanza un estado de
empatía por el cual se divierte tanto como los personajes a los
que está siguiendo. Junto a este extraño humor, encontramos
el humor explícito y chabacano, tras el cual no hay lugar para
pensar ni imaginar, apto para todos los entendimientos sin el menor
juego. La risa puede nacer de la ridiculización de cualquier
persona, que cobra la entidad de personaje por el hecho de ser enfocado
por una cámara. La dignidad perdida importa poco, siempre que
la carcajada del público haya justificado el despelleje del cabeza
de turco.
Asistimos también a una generación de
programas estrella cuyo único mérito es andar a la caza
y compilación de momentos supuestamente humorísticos,
extraídos de contexto y con el único nexo del desvarío,
la salida de tono, el insulto zafio, la agresión amparada en
una ironía inexistente...
El mayor espectáculo de la televisión
parece ser la contemplación de que ésta se devora a sí
misma y defeca televisión más podrida, dando lugar a programas
cajón de sastre que consienten cualquier contenido, independientemente
del interés previo que se pudiera suscitar, y el humor comparte
espacio con el drama más sensacionalista o la información
más bochornosa. Tal vez nos quede, como último recurso
del humor, y exceptuando a los humoristas de entidad que se pueden contar
con los dedos, nuestra ración diaria de la previsión meteorológica.
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