Carnaval
Por Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

Verde mostaza y un blanco inmaculado que viajaba por los laterales en forma de franja desde la cintura hasta el doblez. Los pantalones se los había comprado esa misma mañana en una feria de ropa que todos los viernes se instalaba a la vuelta de su departamento. Los había visto tiempo atrás, pero tardó en juntar el dinero necesario.
Dejó la prenda sobre la cama y se desvistió. Se tiró al suelo y empezó a ejecutar una serie de abdominales. Estuvo cerca de diez minutos seguidos esgrimiendo en gesticulaciones arrugadas el esfuerzo implicado en la empresa. Se incorporó con un salto y, agitado, se enfrentó al espejo. Chequeó la efectividad del ejercicio en su abdomen y se dio varias palmadas, satisfecho consigo mismo. Después posó en varias posiciones para analizar su cuerpo desde distintas perspectivas.
Esperó un par de minutos y volvió a arrojarse al suelo, esta vez boca abajo. Inició una serie de flexiones de brazo. Al terminar repitió la rutina anterior del espejo, ahora inflando los pectorales y acariciando sus formas montañosas. Terminó agotado, pero seguro, conforme consigo mismo. Se sentía vivo, como si ese derroche de energía lo hubiese enriquecido físicamente. La sangre corría por sus venas como el agua por las bajantes de un edificio en un día lluvioso. Era consciente de ello y no hacía nada por evitar el orgullo que le producía verse desnudo, con los músculos hinchados por el ejercicio; él con él y nadie más, único e irrepetible.
Fue al servicio, llenó la bañera y se sumergió en el agua caliente con sales. Comenzó a acariciarse hasta llegar a la zona genital. Su miembro esperaba erecto la estimulante propuesta de su mano. El placer fue tan turbador que en el momento del éxtasis no le importó estar sólo en el mundo, sentirse completamente singular.
Un hondo relajamiento lo sumió en un sopor termal. Su mente divagaba, perdiéndose en historias en las que él siempre era el protagonista y poseedor de la verdad. Así estuvo un rato largo, hasta recuperarse.
Aprovechó luego el vapor para hacer respiraciones profundas. Imaginaba, mientras las hacía, que esa niebla espesa le limpiaba los pulmones y el conducto respiratorio de los gases tóxicos y el humo de cigarrillo que se le habían metido a lo largo de la semana. Como si el cuerpo fuera una cañería, una cloaca que sólo basta con frotarla con un paño mojado de amoníaco para dejarla pulcra.
Se incorporó, quitó el tapón, y se cubrió con el albornoz. Parado frente al lavabo abrió el botiquín. De allí sacó varios frascos: pastillas, cremas y lociones. Secó la humedad del espejo y ensayó varios modelos de afeitada cubriéndose distintas partes de la incipiente barba con las manos. Optó por dejarse sólo las patillas. Se aplicó espuma y deslizó suave y cuidadosamente la hoja para no causarse ningún corte. Luego utilizó la colonia ad hoc y disfrutó con una espasmódica sonrisa el ardor alentado por el contacto del alcohol sobre la piel irritada.
Estudió meticulosamente el cutis de su rostro. Sin dejar de mirarse a los ojos, como enamorado de sí mismo, abrió un pote de los que tenía en el lavabo y se embadurnó los dedos con una crema blanca. Camuflado completamente, se dispuso a esperar el indiscutible efecto de aquella solución sobre su cara.
Quiso aprovechar el momento para dedicarse a otras partes. Se cortó las uñas de pies y manos y las limó hasta dejarlas perfectamente redondeadas. Con una escofina pulió la aspereza de los talones; luego resolvió afeitarse el pecho y las piernas. Desenfundó otra crema, ésta, revitalinzante para todo el cuerpo, y se empapó desde los pies hasta el cuello dejando la piel lustrosa como cera.
El peinado le dio un poco más de trabajo: luego de aplicarse la loción para «evitar la caída y fortificar el cabello» –tal como rezaba la etiqueta del envase- cumplió fielmente los pasos del enjuague suavizante; había pensado en cortarse algunas puntas que percibía secas pero, finalmente, optó por acudir al fijador y diseñarse un tipo de mechones interpuestos desordenadamente. No fue tanto el problema lograr el desorden como convencerse de que éste correspondía a sus aspiraciones estéticas.
El tiempo era un dato superfluo, se desentendía de él, como si no corriera. Cuando se dedicaba a sí mismo, el placer hedonista ahogaba cualquier intento de valorar cada acto por medio de parámetros ordinarios, cotidianos. La individualidad se posaba encima de las propias dimensiones vitales para contemplarse al margen del devenir. Salió del servicio exhalando aromas diferentes. Acudió, nuevamente, a su reflejo para observarse íntegro. Aseado hasta el último recoveco, cogió el flamante pantalón y se lo puso con entusiasmo.
Volvió a asegurarse de tener todo controlado. Corrigió el cuello de la camisa –de un verde esmeralda sobre el cual estallaban manchones marrones y blancos- que llevaba salida y le cubría hasta la entrepierna, por detrás y por delante. Ya antes de comprarse el pantalón había reparado en que aquella era la prenda que cumplía los requisitos de combinación.
Tuvo dudas con el calzado y tras probarse unas zapatillas deportivas se decidió por las botas militares de media caña. El negro, sabía, siempre combina con todo. Además, este detalle le daba un aspecto más rudo y, a la vez, informal.
Descolgó el chaquetón de cuero con el que pensaba atajar el fresco nocturno y se roció desodorante a discreción. Por décima vez quiso constatar su estilo. Era el último vistazo antes de salir a escena. La revisión final para constatar cada detalle que luciría en el desfile general.
Disfrutaba los momentos previos al carnaval, un carnaval donde todos acudían para mostrarse, ponerse en evidencia: gestos, actitudes, posturas y vestimenta formaban parte de sus disfraces, cada uno distinto en algo, original, individual.
El sentirse único y vivir el transcurrir íntimo en un presente absoluto. El disfrute privado que alimenta el carnaval en el que todos interactúan resguardados detrás de las máscaras que eligen, liberados de tradiciones (que no de influencias publicitarias).
La sobriedad era el leit motiv de su máscara. Un motivo rebelde que simulaba un total desinterés por la apariencia. Un desinterés que le había llevado varias horas en concretar y que estaba cargado de minuciosidad y hedonismo.
¿Desde cuándo la preocupación por el aspecto personal fue algo substancial tan masificado? Quizá siempre haya existido la necesidad de adornarse, pero la verdad es que le costaba imaginarse a una persona cualquiera en la Edad Media empleando la misma dedicación que él al cultivo de la propia figura. Este pensamiento, al que recurría con frecuencia para divertirse y, en cierta forma, justificarse, le despertaba curiosidad; curiosidad que, empero, no trascendía el abandono del espejo donde el narcisismo actuaba de hipócrita disparador de reflexiones.
Podría decirse: el backstage de la vía pública. Sin embargo, en esta obra no hay guiones preestablecidos. Se trata de actores huérfanos de guías espirituales, sólo atados a seculares modelos publicitarios y ambiciones individuales. Desamparados de creencias, o con creencias convulsionadas por un mundo poco crédulo.
A lo largo de la noche se encontrará con muchas otras máscaras. Cada una de ellas cumpliendo un papel reinventado (o copiado).
La diversión inagotable en el carnaval es una suerte de desenfado hacia la opresión diaria, hacia la pobreza de espíritu en el devenir de los días, eje temático central de la fiesta. Allí estallan los anhelos de libertad y claman las almas su necesidad de manejar su propia existencia. La mayoría, en cambio, sucumbe al círculo planificado y explotado por el Dios Mercado.
Pero él no reparaba en esto. Se quedaba en la cúspide del goce libertario que le producía verse a su imagen y semejanza. No iba más allá de admirarse en forma de interrogante por la excitante autonomía con que hoy se puede esculpir la apariencia. Sentía, con seguridad, que allí residía la prueba más irrefutable de la propia explotación de la existencia, sin trabas ni imposiciones, en un gran carnaval. Y, quizá, este sentimiento era la máscara interior con la cual silenciaba el desgarrador sufrimiento.
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